Maternidad contemporánea.

Autora: Ana Romasanta. Imagen obtenida de flickr.com

La construcción social del concepto “madre” se remonta a la prehistoria, los primeros humanos se desarrollaron y evolucionaron gracias a la reproducción, que es el proceso biológico que permite la producción de nuevos organismos, en este caso, personas. Es necesaria la información genética de un hombre y una mujer para que ocurra la fertilización e implantación del cigoto en el útero. Desde ese momento aparece el vínculo genético, denominado familia, y los conceptos de padre y madre, que hacen referencia a la responsabilidad de ambos como progenitores de un nuevo ser, aunque son las mujeres las capacitadas para gestar, alumbrar y amamantar a dicho ser.

Si dejamos a un lado la dependencia natural del bebé hacia su madre y nos fijamos en los roles y tareas que asumen el hombre y la mujer respecto al cuidado de su bebé, su hogar, su alimentación, su educación, su salud, etc. veremos cómo el constructo “madre” influye de forma determinante en el lugar que ocupan las mujeres en la familia y en la sociedad.

La civilización contemporánea ha cambiado radicalmente la forma de entender y estar en el mundo; En Europa, el movimiento feminista, ha conseguido grandes hitos en pro de la igualdad entre mujeres y hombres, el derecho a voto, el acceso a la educación universitaria, la participación en todos los sectores del mercado laboral, la reivindicación de la aún inexistente igualdad salarial, la legalización del divorcio, el derecho al aborto… y recientemente, la ley de conciliación. Todos ellos, al parecer, insuficientes para desmontar la arraigada creencia prehistórica de que el trabajo reproductivo es responsabilidad última de las mujeres.

Con la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral quedo claro que el trabajo productivo no era solo cosa de hombres, se exigió la presencia y participación de la mujer en la esfera pública, pero, ¿Qué ocurre entonces con la esfera privada? ¿Quién desempeña el trabajo reproductivo? La respuesta es clara, tras miles de años de evolución, sigue siendo una responsabilidad asumida mayoritariamente por las mujeres.

Ya en tiempo de la revolución industrial Robert Owen se percató de que las jornadas laborales de 15 horas eran improductivas y perjudicaban la calidad de vida de los y las trabajadoras, se estableció, por tanto, en 1817 el modelo horario que mayoritariamente se sigue manteniendo en Europa, (“8 horas de trabajo, 8 horas de recreo, 8 horas de descanso”). Dentro de las horas de trabajo nunca se contemplaron las tareas domésticas ni los cuidados, a pesar de ser imprescindibles para la supervivencia de la especie y una actividad que requiere dedicación diaria.

Imagen obtenida de Cultural Magazine

Nos encontramos por tanto con que las mujeres, además de su jornada laboral en la esfera pública, organizan, planifican y realizan gran parte del trabajo doméstico, se encargan de la crianza de las y los menores y del cuidado de sus familiares con una bajísima corresponsabilidad por parte de sus parejas (en caso de tenerlas). Este modelo horario es por tanto inasumible para ellas, la mayoría sacrifican su tiempo de descanso o de “recreo”, entendiendo éste por el acceso al ocio, la cultura, el deporte, la red social, la expresión artística, la formación complementaria, etc. Otras, en cambio, optan por el sacrificio laboral, pidiendo una excedencia, reduciendo la jornada o abandonando temporalmente el mercado laboral.

El trabajo reproductivo no está valorado ni remunerado, pero además tiene un gran coste personal, económico y social que pagan sobre todo las mujeres. Esta doble jornada no reconocida, la carga mental de organizar y planificar rutinas, alimentación, tareas, etc. la falta de reciprocidad en los cuidados y la escasez de tiempo para el autocuidado suponen convivir diariamente con la frustración, la tristeza, la incomprensión y el agotamiento, sentimientos que menoscaban y perjudican la salud física y mental de las mujeres; Las mismas mujeres que luego esperamos que ejerzan de soporte emocional del resto de integrantes de la familia con empatía y paciencia.

La sociedad actual (cada vez más individualista y tras la pérdida de la crianza en red), mantiene unos estándares irreales e inflexibles para la maternidad, mientras que las bajas expectativas frente a la paternidad nos hacen elogiar la mínima muestra de corresponsabilidad por parte de los padres. De igual modo, ellos tienen derecho a manifestar su malestar y sobrecarga cuando se responsabilizan de la crianza o del hogar sin sentirse juzgados, vía de escape de la que no disponen las mujeres; Cuando eres incapaz de asumir los roles que socialmente se esperan de las madres, solo hay una deducción, eres una mala madre. Este pensamiento, que me atrevería a decir que alguna vez ha pasado por la mente de todas y cada una de las madres contemporáneas, les impide expresar con sinceridad sus sentimientos; reprimen, fingen bienestar y continúan con su doble jornada hasta que el agotamiento o su salud mental ya no se lo permiten.

Ha sido necesario experimentar el encierro y la incertidumbre de una pandemia para que la salud mental y los cuidados se pongan momentáneamente en valor, pero con anterioridad a este evento las mujeres ya tenían tasas de ansiedad y depresión muy superiores a las de los hombres, acudían a la asistencia sanitaria más frecuentemente y recibían tratamiento farmacológico (somníferos y antidepresivos) para paliar un malestar desencadenado por factores sociales, no físicos.

Esta problemática afecta a más del 50% de la población europea y en 2022 aún no ha recibido respuesta ni solución por parte de los gobiernos. Sin embargo, sí ha llamado su atención una de sus principales consecuencias a largo plazo, la baja tasa de natalidad. Miles y millones de años para darnos cuenta de algo que los prehistóricos ya sabían, la reproducción y el éxito de la progenie son imprescindibles para la supervivencia de la especie. En una traducción más actual: es imprescindible que en las políticas públicas se valoren la crianza y los cuidados, se fortalezcan las redes de apoyo mutuo y la crianza compartida, se establezcan vías reales de participación en el ocio, la cultura y el deporte, se respeten los tiempos de descanso y autocuidado como garantes de la salud mental y se incida en la necesidad de que la población masculina asuma sus responsabilidades de autogestión.

La corresponsabilidad en el hogar o familiar puede aliviar algunas problemáticas, pero no soluciona la sobrecarga de las familias monoparentales o de las personas migradas que carecen de red familiar, es la corresponsabilidad social la que garantizará la igualdad efectiva que aún no hemos conseguido.

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