La raíz invisible de la violencia económica

Identificar las bases estructurales de la violencia económica contra las mujeres permite comprender por qué persiste, se justifica y llega a normalizarse.

La violencia contra las mujeres adopta múltiples formas, desde las agresiones físicas hasta aquellas prácticas más normalizadas que afectan a su autonomía. Las manifestaciones más visibles suelen ser también las más condenadas socialmente, pero existen otras que operan de manera silenciosa, sostenidas por costumbres, normas sociales y desigualdades históricas que rara vez se cuestionan. La violencia económica forma parte de esta realidad y, aunque sus expresiones más conocidas incluyen el control del dinero o las prohibiciones explícitas dentro de la pareja, estas conductas no surgen de manera aislada, sino que se apoyan en una estructura social que históricamente ha distribuido de forma desigual el poder, los recursos, el tiempo y las oportunidades entre mujeres y hombres.

La raíz invisible de la violencia económicaPor esto es importante desmontar la idea de que las mujeres son más vulnerables a la violencia económica por una supuesta menor capacidad para comprender asuntos financieros. El origen de la problemática no reside en una incapacidad individual, sino en una educación patriarcal que, durante generaciones, ha asignado roles distintos a hombres y a mujeres. Mientras a los hombres se les ha vinculado con la autoridad, el liderazgo y la provisión económica, a las mujeres se las ha situado en el ámbito de los cuidados y del sostenimiento invisible del hogar. Estas concepciones se transmiten desde edades tempranas y, aún a día de hoy, muchos niños crecen recibiendo mensajes que relacionan la masculinidad con la independencia, el control económico y la toma de decisiones, mientras que las niñas aprenden que cuidar, ceder o priorizar las necesidades ajenas forma parte de lo que se espera de ellas. Estas ideas influyen en la distribución de responsabilidades, en las oportunidades y en el acceso al poder económico a lo largo de la vida.

Mecanismos de control como forma de violencia económica

La desigualdad estructural no provoca automáticamente violencia, pero sí crea un contexto en el que determinadas formas de control resultan más fáciles de ejercer y más difíciles de identificar precisamente por su normalización. Cuando se asume socialmente que los hombres deben administrar el dinero o tomar las decisiones importantes, ciertas conductas abusivas llegan a percibirse como habituales o incluso justificables dentro de una relación.

En este contexto, la violencia económica se manifiesta mediante distintos mecanismos de control, como limitar el acceso al dinero, impedir que una mujer trabaje y genere recursos propios, supervisar gastos, endeudarla a su nombre o dificultar su independencia financiera. Todas estas formas de violencia se apoyan en una desigualdad previa. Cuando una mujer carece de autonomía económica, abandonar una relación violencia resulta mucho más difícil, Por eso, la violencia económica forma parte del ciclo de la violencia de género, ya que refuerza la dependencia emocional y económica respecto al agresor.

La invisibilización económica de los cuidados

Esta dependencia está estrechamente relacionada con la organización social de los cuidados. Durante décadas, y todavía a día de hoy, las tareas domésticas y de cuidados recaen mayoritariamente sobre las mujeres. Cocinar, limpiar, el cuidado de menores y de las personas dependientes, organizar la vida familiar y sostener emocionalmente el hogar continúan siendo trabajos feminizados e invisibles. El problema no solo es la sobrecarga que esto supone, sino también el escaso reconocimiento social y económico que reciben. Aunque estas tareas son imprescindibles para el funcionamiento de cualquier sociedad, rara vez proporcionan derechos laborales, estabilidad económica o independencia financiera para quienes las llevan a cabo. El sistema económico depende de los cuidados, pero al mismo tiempo, los considera una responsabilidad “natural” de las mujeres y no una aportación económica real. Esto explica que muchas mujeres reduzcan su jornada laboral o interrumpan su carrera profesional al formar una familia, dejando en segundo plano incluso la recuperación física y emocional que implica un parto.

En este sentido, resulta significativa la reflexión de Raquel Lagunas, directora del Equipo de Género del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo:

“Un punto de partida importante es reconocer el valor económico del trabajo de cuidados no remunerado. Esto puede ser una forma muy eficaz de combatir las normas sociales de género respecto a este tipo de ocupación. En aquellos países donde las normas sociales revelan mayores sesgos de género, se calcula que las mujeres dedican al trabajo de cuidados no remunerado entre seis y siete veces más tiempo que los hombres”.

La sobrecarga de cuidados como factor de desigualdad financiera

Esta afirmación evidencia que, cuando gran parte del tiempo y de la energía de las mujeres se destina a trabajos no remunerados, disminuyen sus posibilidades de acceder a empleos estables, desarrollar una carrera profesional, aumentar sus ingresos, generar ahorro y construir independencia económica.

La desigualdad financiera entre hombres y mujeres no puede entenderse sin esta sobrecarga de cuidados. Muchas mujeres se ven obligadas a aceptar empleos parciales, temporales o peor remunerados porque son los únicos compatibles con las responsabilidades domésticas. Otras interrumpen su trayectoria profesional para atender a necesidades familiares, lo que repercute directamente en sus salarios, cotizaciones, capacidad de ahorro y futuras pensiones. Como consecuencia de esto, aumenta la dependencia económica de la pareja que dispone de ingresos más estables y que, generalmente, no asume la misma carga doméstica. En estas circunstancias, el control financiero dentro de la pareja se convierte en una herramienta especialmente eficaz de dominación. La falta de recursos propios dificulta abandonar una relación violenta y limita la capacidad real de decidir sobre la propia vida.

El peso de la cultura patriarcal

A todo ello se suma el peso de determinadas normas culturales que todavía relacionan la masculinidad con el control y la autoridad. Durante mucho tiempo, se ha considerado aceptable que los hombres gestionen el dinero familiar por ser quienes aportan ingresos, mientras que el trabajo doméstico realizado por las mujeres permanece invisibilizado y sin remuneración. En algunos casos, el poder económico se utiliza como una forma de reafirmar esa posición de dominio dentro de la relación. Esta normalización explica por qué la violencia económica suele permanecer oculta y no implica necesariamente pobreza extrema o privación absoluta. Con frecuencia, se expresa mediante mecanismos de control cotidianos que no dejan huellas físicas visibles. Por ello, resulta especialmente difícil demostrar este tipo de violencia de género o lograr su reconocimiento social e institucional. Sin embargo, las consecuencias –dependencia económica, aislamiento y deterioro emocional, entre otras– son profundamente devastadoras.

Violencia económica y empoderamiento femenino

Prevenir la violencia económica exige mucho más que intervenir cuando existe una agresión directa. Implica cuestionar las estructuras que la hacen posible, redistribuir los cuidados, garantizar empleos dignos y estables para las mujeres que reduzcan la dependencia económica, eliminar la brecha salarial, fortalecer las redes de apoyo y promover modelos de masculinidad alejados del control y la dominación. Asimismo, empoderar económicamente a las mujeres supone fomentar la toma de conciencia sobre su capacidad de gestión económica, tanto en pareja como de forma individual. También implica entender que la autonomía no es un privilegio, sino una condición básica para ejercer la libertad y construir una vida independiente.

En definitiva, la raíz invisible de la violencia económica se encuentra en la combinación entre las conductas individuales de quienes ejercen control sobre sus parejas y una estructura social que continúa asignando a las mujeres menos poder, menos recursos y más responsabilidades no reconocidas. Mientras esta desigualdad siga percibiéndose como algo normal o inevitable, la violencia económica continúa operando en silencio, limitando la igualdad y dañado gravemente la autonomía de las mujeres.

 

Texto de Tania Yugueros Gutiérrez, educadora social – Fundación Isadora Duncan ©

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