El ciclo de la violencia machista

ciclo de la violencia de género

La definición de violencia de género engloba todo tipo de acciones que provocan daño físico, social, psicológico, económico, etc., sobre las mujeres, tanto en el ámbito público como en el privado.

Esta violencia es progresiva, especialmente en las relaciones de pareja. Los episodios de violencia desarrollan unos patrones similares que nos permiten identificar diferentes fases y tenerlas en cuenta a la hora de analizar cada casuística concreta y planificar una intervención dirigida a prevenir o atajar este tipo de situaciones. Estas fases son consecutivas y forman un ciclo que se repite y se agrava con cada repetición, lo que explica en muchas ocasiones los casos del maltrato crónico.

Lo que conocemos como el ciclo de la violencia, se compone de tres fases principales:

escalera
Imagen de Rodrigo Pederzini obtenida en Pexels
  • FASE DE TENSIÓN
    Se caracteriza por una escalada gradual de la tensión, donde la hostilidad del agresor va en aumento sin motivo aparente para la víctima. Se intensifica gradualmente la violencia en todas sus formas. Estos episodios se presentan en un primer momento como fenómenos aislados, en los que la víctima cree tener el control y que acabarán por remitir. La tensión aumenta y se acumula. La víctima desarrolla estrategias de evitación del conflicto como, por ejemplo: ocultar información sobre tu vida social o fingir estar dormida cuando el agresor llega a casa.
  • FASE DE EXPLOSIÓN: AGRESIÓN
    A pesar de los intentos de evitación del conflicto siempre aparece un detonante que descarga la violencia comenzando con un nivel bajo de intensidad y, conforme el ciclo tiene más repeticiones, más aumenta la dureza de las agresiones. Los tipos de agresiones que puede sufrir la víctima también cambian en función del número de veces que se repite el ciclo, pasamos de una violencia verbal a nivel psicológico a violencia física, sexual, económica, etc.
  • FASE DE CALMA: LUNA DE MIEL
    En esta fase, el agresor puede mostrar síntomas de arrepentimiento, promete cambiar e, incluso, admite haberse equivocado, aunque no reconoce su culpa. La víctima puede llegar a creer que lo que ha vivido es algo aislado que cambiará con el tiempo, justifica el comportamiento de su agresor. Aparecen sentimientos de vergüenza o culpa por la consciencia de ser víctima. Cuanto más aumenta el número de repeticiones, más corta se vuelve esta fase.

Estas etapas comienzan a repetirse de una manera sutil, produciendo una agudización de los episodios de violencia, por lo que se define como un fenómeno en escalada en el que la intensidad y crudeza de los sucesos de violencia aumenta. Este mecanismo suele pasar totalmente desapercibido tanto para la víctima como para el entorno, mezclado a su vez con pensamientos de que son hechos aislados. La situación de violencia que sufre la víctima es constante y siempre aumenta su dureza, dejándola en un estado de indefensión, ya que ataca directamente contra su autoestima e incrementa su vulnerabilidad, atrofiando progresivamente la capacidad de autocuidado y autodefensa.

Es cierto que, en el comienzo de una relación de violencia, no se detectan signos evidentes de la misma; la relación no comienza con una agresión directa. En ese inicio, se aprecia un exceso de control por parte del hombre, que se suele confundir con celos, preocupación excesiva por su parte, entendida por la víctima como una muestra de su gran amor por ella. Este control se manifiesta sobre su forma de vestir, su trabajo, sus gastos, control de salidas y de las personas de las que se rodea, intentos de separación de su familia, normalmente con frases en las que se deduce que el amor que siente por la víctima no se puede comparar a ningún otro que pueda sentir ella. Este tipo de situaciones suelen darse en la intimidad del hogar, aunque no se descarta que se puedan escuchar ciertos comentarios con otras personas.

Es importante señalar que, en la mayoría de las situaciones, la víctima consigue acostumbrarse a los comportamientos violentos de su agresor, llegando a pensar que pueden ser ocasionados por su fuerte personalidad, o generados por estrés y problemas externos. La forma de reaccionar a esos comportamientos, e incluso a las agresiones, también sigue, habitualmente, un mismo patrón, en el que las víctimas asumen que es un momento que han de sufrir para luego volver a la fase de calma.

El comportamiento agresivo va aumentando en frecuencia e intensidad, hasta que la víctima decide pedir ayuda, suele ser aquí donde se visibiliza el maltrato: el círculo social de la pareja se entera de la situación por la que están pasando. Las víctimas de este tipo de situaciones suelen ocultarlas a su círculo de confianza, ya que es ahí donde entra en juego el sentimiento de vergüenza y culpabilidad. Además, hay ocasiones en las que su relato es puesto en duda, ya que la mayoría de los maltratadores son personas aceptadas y valoradas socialmente, con comportamientos que no evidencian rápidamente una situación de violencia.

¿CÓMO SALIR?

En primer lugar, consideramos importante decir que, si las víctimas llegan a hacerse esta pregunta, ya han dado un paso de gigante. El reconocimiento propio como víctima es una de las dificultades inherentes en todo el proceso de violencia de género y uno de los aspectos que dificulta enormemente la toma posterior de decisiones que llevan a romper el ciclo y, por tanto, la relación de violencia.

Como hemos visto, el ciclo de la violencia es un proceso que puede durar años, y debe destacarse que no alberga un fin predeterminado: la violencia crece progresivamente y no se detiene, ni siquiera cuando consigue una sumisión absoluta, un pleno dominio por parte del agresor a la víctima. Sin embargo, HAY SALIDA.

Imagen de Mentatdgt obtenida en Pexels

Una vez que somos conscientes de que la violencia sufrida está recogida en unos patrones determinados que dan lugar a unas fases con una repetición cíclica, podremos identificar en qué punto nos encontramos y prever casi con seguridad el siguiente. Por ello, es importante tomar conciencia de en qué punto contaremos con la seguridad suficiente para romper esa espiral. Existen múltiples ocasiones, y todas ellas son válidas para tomar la decisión de romper la situación de violencia.

Es importante contar con un plan: un plan de acción que nos permita localizar puntos de apoyo, así como darle forma a la situación en la que queremos romper el ciclo y prever los momentos que llegarán detrás de ella. El plan para salir de una relación de violencia permite tomar conciencia de lo que se va a realizar, además de adquirir un compromiso propio de llevarlo a cabo. Para materializar ese plan es recomendable comunicarle a alguien de nuestro entorno de confianza que queremos salir de la relación. De esta manera, además de contar con su apoyo, tomaremos a esa figura como soporte para que nos aporte seguridad en nuestras acciones.

Cuando la relación de violencia se rompe en la fase de explosión (agresión), las mujeres víctimas salen de ella abruptamente, en la mayoría de ocasiones, dejan atrás toda su vida de golpe, tanto material, familiar como emocional, rompiendo con todos sus vínculos sociales. Resulta muy complicado recomponerse de esa situación, aunque con los apoyos necesarios, siempre es posible. Por este motivo las recomendaciones giran en torno a prepararse tanto a nivel material como psicológicamente durante el episodio de calma o al comienzo de la tensión, para que la ruptura sea mejor planificada y lo suficientemente firme como para que no varíe por la intensidad emocional.

Saber que hay salida y que el ciclo se puede romper supone un impulso para tomar la decisión de dejar una relación de violencia y planear cómo hacerlo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.